La Semana Santa de mi infancia II
Ya he escrito de mis recuerdos de procesiones y de monótonas comidas que mi abuela preparaba en aquellos tiempos en que la electricidad era un lujo que no había alcanzado el cantón El Rosario, en las cercanías de Tonacatepeque.
Pero no todo el tiempo fue lo mismo, a la muerte prematura de mi abuela la tradición se truncó y muchas cosas cayeron en el olvido. Tuvimos que pasar nuestra semana santa en nuestro “meson” querido llenos de aburrimiento pues sin escuela no había nada que hacer. Ni las famosas radio novelas que pasaba, la YSR y que dejaba de transmitir las aventuras de Kaliman, o la del Rayo de plata y solo se escuchaba una música monótona que daban ganas de llorar.
Nuestras vecinas las famosas “Mejia”, a pesar de compartir la misma pobreza nuestra tenían la tradición de pasar la semana santa en la playa. Su destinación favorita y tradicional era nada menos que las playas de Acajutla. Lugar famoso por su batalla histórica que según cuenta la leyenda libraran los naturales del lugar contra el invasor blanco en tiempos de la conquista. Acaxual o Acajutla era el lugar que mis vecinas escogían cada año para pasar tres días de sol y playa.
Siempre veía a mis amigas con envidia pues a mis 12 años todavía no había visto nunca la mar. Las veía regresar el domingo de resurrección con la piel tostada y con las señas evidentes de haber pasado expuestas al sol constante de marzo o abril a lo largo del día.
Creó que tendría 15 años cuando la “niña Carmen” convencida por sus nietas e hijas, que tendrían la misma edad mía, me invito para acompañarlas en lo que para mi parecía ir a Acapulco o a las playas de Waikiki. Faltaba convencer a mi mamá pues ese año mi tatá no pasaría con nosotros probablemente con su otro “frente”. No fue fácil convencer a mi mamá pero finalmente accedió con la condición que mi hermano mayor fuese también.
El viaje a Acajutla no se hacía de manera tradicional pues la famosa “niña Carmen” acompañada de toda su tribu incluyendo su hermana, la arrecha “niña Menche” y la incomparable “niña Yolin”(su hija) eran las primeras en la lista. El viaje era nada menos que en tren saliendo miércoles a media noche de la estación de la IRCA allá por la tiendona y llegar al amanecer a nuestro punto de llegada el Puerto de Acajutla. Ese miércoles en la tarde era de matar un par de gallinas, echar unos “pantes” de tortillas, comprar pan francés para llevar, preparar todo en canastos pues las hieleras ni existían ni formaban parte de la realidad del pobre salvadoreño. Estamos lejos de las famosas formulas “all inclusive” que conocemos por estos países nórdicos y que utilizamos al viajar a la playa. Pero nuestra aventura era mucho más emocionante que cualquier visita a un “Club Med”. A las 8 de la noche salíamos para la estación de trenes, todas las Mejías con sus canastos y bolsas llevando suficiente pertrecho para tres días de sol. Del parque Centenario a la estación de trenes eran solamente unos 10 minutos de marcha atravesando la Avenida con sus burdeles. Si no éramos los primeros estábamos en la entrada esperando que abrieran la taquilla a las 11 de la noche pues el tren estaba programado salir a las 12 de la noche.
La espera era en si una aventura, tranquilamente iban llegando la crema y nata de la barriada. Si la policía detenía ese tren dejaba sin ladrones y prostitutas todo el sector de la avenida, zurita y parque centenario. Cuando se abría la venta de boletos se hacia el relajo y una cola mal hecha se formaba y las “putiadas” de las “turistas” contra alguno que queriéndose pasarse de listo queriendo entrar en la fila sin hacer cola. Todos agarraban sus matates y corríamos a la entrada. Ya el tren listo para recibir los turistas mostraban los vagones que para ese viaje eran nada menos que los vagones de carga. De esos que se abren en medio y que no llevan asientos ni ventanas. Montábamos alegres en esos vagones en donde se transportaba ganado y carga. Ya adentro todas las familias se agrupaban en algún rincón. Nos tirábamos al suelo y todo el ambiente de camaradería se armaba entre los grupos. Los “temerosos” ladrones de la zona, los buenos con la “pechetrine” y las prostitutas de la zona armaban un solo relajo. Las risas y la alegría llenaban el vagón de un ambiente único de calor humano. Todos nos identificábamos, sabíamos que ya éramos parte de la “mara” y que de ahora en adelante podría andar por las calles de mi barrio sin temor a ser asaltado.
Más de alguno llevaba una hornilla que se prendía adentro y se hacía café el cual se compartía con todo mundo. Otro sacaba pan dulce y así el tren comenzaba su tranquila travesía hacia el puerto principal del país. El hecho que no hubiese paso de un vagón a otro no detenía a la mara de atravesar por la parte superior de los vagones para visitar a los otros cheros. Yo pasaba como el sobrino de la “niña Carmen” y así merecía el respeto y la aceptación de toda la jungla de mi zona. El fresco del amanecer no se sentía en ese vagón lleno de calor humano y cuando el sol comenzaba a calentar el aire marino se hacía sentir y sabíamos que llegamos a destinación. A eso de las ocho de la mañana estábamos bajando del tren para correr a buscar el mejor puesto para armar las champas que nos servirían de morada en las próximas noches. En poco tiempo el ingenio del salvadoreño se ponía a prueba y se levantaban unas “champas” que serian nuestra morada. Todo el barrio del parque Centenario, Concepción, Avenida estaba en los alrededores. Como sacado de un sombrero del mago Mandrake aparecía una gran “champa” con cinquera, venta de cervezas y “muchachonas”. Pues la verdad que muchas de las trabajadoras de mi barrio no venían a disfrutar del sol. Todo lo contrario traían sus servicios para aquellos veraneantes en busca de placeres fortuitos. Al parecer les iba bien pues lejos de cobrar la tarifa típica de base de 3 colones se comenzaba a 5 y subía según las exigencias del cliente.
Pero uno de cipote no andaba fijándose en eso pues la belleza de la mar nunca antes vista se ofrecía ante mis ojos con toda su violencia y su ruido. Nunca entendí por que se llamó Océano Pacifico cuando sus violentas olas y traicioneras corrientes dicen lo contrario. Allí todo era “playa”, se vivía en un ambiente de comunismo primitivo.
Pero no solo eran las “muchachonas” que armaban su agosto, las señoras que dejaban sus puestos de comida en el mercado no tardaban en instalarse convenientemente y comenzar a ofrecer el famoso “boca colorada” frito con arroz y ensalada. Otras armaban sus cocinas con comales y ofrecían tortillas calentitas y pupusas. En ese mismo día las vacaciones se combinaban con trabajo y todo era un ambiente de fiestas y diversión.
Si bien es cierto que nadar en el Pacifico es imposible a menos de aventurarse en aguas profundas pero la “bocana de Acajutla” nos esperaba con sus aguas frescas y pantanosas. Los manglares llenos de cangrejos se llenaban de cipotes que hacia alarde de nadadores olímpicos para hacer los saltos de panza. Se tenía que ir temprano a la bocana pues si esperábamos en la tarde corríamos el riesgo de no poder regresar por que la marea subía demasiado y el rio se convertía en un inmenso delta difícil de atravesar.
Ya el jueves santo por la tarde la playa parecía un enjambre de gente disfrutando de unos momentos de sol y playa. La “niña Carmen” nos daba de comer su deliciosa gallina india preparada en su forma tradicional y su arroz calentado en una hornilla organizada rápidamente en la playa. Ya los peligrosos “mañosos” de la zona a quienes los saludábamos con respeto y quienes nos consideraban ya parte de la familia habían comenzado el fiestón con las botellas de “Tick tack” el licor salvadoreño por excelencia. Se tomaban los tapis a “boca de jarro” y la “Niña Menche” junto con la “Yolin” no se quedaban atrás. Ambas eran capaces de competir con cualquiera y ganarle con los tragos.
De vez en cuando aparecía un “combo” que se unía al grupo y se armaba un “deschongue” fantástico. Se bailaba en la arena y los gritos de todos los felices veraneantes daba gusto ver. Todos en su respectiva pobrería olvidaban por tres días los sufrimientos cotidianos por disfrutar de sol y playa. Con el atardecer todos dejábamos de bañarnos pues la mar bravía nos mostraba que debíamos de salir. La fuerte corriente del pacifico revolcaba a cualquiera que osase entrar. Y así nos preparábamos para pasar la noche. El olor a comida se sentía por todos lados. Con las nietas e hijas de la famosa “Niña Carmen” era el momento para ponerse a platicar como hermanos mientras los adultos compartían algún “ropero” (litron de muñeco) que aparecía por arte de magia. Con la llegada de luna y las estrellas nuestros jóvenes ojos escudriñaban el mar que tranquilamente se retiraba como durmiendo tranquilamente después de la marea alta. Todos pensábamos que era el momento de ver algún tiburón como aquel que vimos en el cine Universal el de la película “Jaws”. El miedo comenzaba a embargarnos pero también el cansancio y así tirados en la arena y cobijados con el susurro de las olas terminábamos durmiendo a la intemperie.
Ya el viernes santo amanecía y la niña Carmen nos mandaba a buscar leche, pan y alguna que otra cosa para el desayuno. Medio comíamos y con las bichas y otros cheros de la zona salíamos a bañarnos. Y así comenzaba nuestro segundo día de veraneo. Yo creo que nadie se acordaba de que ese día era viernes santo y que algún cometimiento se tenía que observar. Todo era pachanga y diversión, mi tata nos llamaba “mundanos”. Para el almuerzo el olor a rellenos de pescado y a sardina “Valboa” y “Madrigal” se hacía sentir por todos lados. Las cipotas se paseaban con huacales de aluminio en la cabeza gritando y anunciando las sabrosas cervezas heladas y gaseosas. Otras recorrían las champas ofreciendo “cocktelitos de conchas” y ostras. Los borrachos de ayer despertaban con una goma que rápidamente era curada con la famosa sopa de chorizo que alguna alma caritativa preparaba y así se comenzaba de nuevo el “jelengue”.
Entre la playa y la “bocana” el día viernes se nos iba tranquilamente y al final nos uníamos a los adultos que sin recato ni cometimientos daban rienda suelta a sus deseos de fiestón. Ya la “niña Yolin” y la “tía Menche” se les veía acompañada de alguno que otro “mañoso” de la zona que sería el premiado en las vacaciones. Las muchachonas olvidaban el negocio y se unían a la fiesta. Y de repente aparecía uno que otro travesti tradicional que se unía al grupo. Y entre trago y trago comenzaba el baile que duraría toda la noche. Creo que los viernes santos no dormíamos por el ruido tremendo que se armaba. Y así entre risas, llantos y peleas de borrachos se pasaba la noche y llegaba el Sabbath.
El sábado todos amanecíamos de goma, unos por el consumo de alcohol otros por el sueño. Y asi comenzábamos nuestro último día entero de vacaciones. Un poco más tranquilo que los anteriores pero siempre con la misma felicidad de cipotes que disfrutan de la mar y de la buena compañía.
Ya esa noche el cansancio en todos se hacía sentir pero era reforzada con los nuevos que llegaban a pasar el fin de semana a la playa y así eso era de nunca terminar. La fuerza del sol se hacía sentir sobre nuestra piel y ya esa noche el ardor de la insolación comenzaba a molestar. Así nos llegaba el domingo de resurrección. Después de desayunar e ir por última vez a la playa era el comenzar a prepararse para el regreso. En el almuerzo se comía lo último que se tenía y se compraba lo que se podía con el poco dinero que quedaba, cuidando de dejar para el bus pues el regreso se haría esa tarde en autobús.
Y así después de comer desarmábamos la champa, se armaban los tanates y comenzaba nuestro peregrinaje de regreso. Los buses salían unos tras otros pues la marabunta humana trataba de llegar a San Salvador antes que el sol se ocultase. Y así salíamos del puerto de Acajutla, con una pinta de derrotados, con un cansancio acumulado y jurándonos no volver más pero eso era solo palabra de bolos en tiempo de goma pues dentro de poco estaríamos esperando el próximo año para volver a vivir la experiencia. El bus entraba a la terminal de occidente como a las cinco de la tarde y San Salvador nos recibía con un silencio sepulcral. Tomábamos la ruta 4 que nos dejaría en el parque Centenario y así recorríamos la silenciosa ciudad en tiempo de resurrección.
Llegábamos al mesón en silencio pues ya no teníamos energía para nada. Mi mamá nos servía una buena regañada por ver en que fachas llegábamos parecíamos bolos y con la piel más oscura que nunca. Pero en el fondo creo que estaba contenta de vernos llegar sanos y salvos, y así nos dábamos un baño con agua fresca de la pila y cenábamos un poco y a dormir pues la escuela nos esperaba al día siguiente.
No podía esperar ver la cara de envidia de mis amigos al verme con la cara toda pelada por el exceso de sol señal evidente que era de los afortunados que se había escapado de las aburridas procesiones para gozarla de lo lindo en las playas de El Salvador.
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