Mis navidades de infancia…

Avenida Cuscatancingo, El porton negro fue donde existio el Meson El Carmen con numero 736
Los 24 de diciembre eran fechas inolvidables en aquella vecindad, o como le llamabamos: “mesón” en el que me crie en las cercanías del parque centenario. El mesón de mi infancia se situaba frente al edificio del Diario de hoy. Aun tengo los recuerdos de mi infancia de aquel terreno lleno de maleza y alimañas que un día comenzó a cambiar para llegar hacer hoy el edificio en cuestión.
Para los que no saben el significado de “mesón” no es ningún galicismo que se derive de la palabra “Maison” y que se pronuncia “m[e][z]on”. Todo lo contrario es un conjunto de cuartos vetustos que comparten un patio en general que es un área común utilizada como tendedero de ropa. En cada cuarto o habitación vive una familia que puede llegar a tener hasta 6 o 8 miembros. Se comparte un chorro de agua, y un par de baños y servicios sanitarios comunes. Pero el famoso Mesón El Carmen, que así se llamaba contaba con 18 o 20 piezas en alquiler. Estaba situado en la Avenida Cuscatancingo, y digo estaba pues ya no existe, El Diablo de Hoy, compro el terreno y lo transformo en parqueo dejando en la calle a una quincena de familias de escasos recursos.
El dueño o los dueños eran un viejo que vivía allá por la colonia Costa Rica, cerquita del parque Zoológico. Contiguo a nuestra “mansión” estaba el Mesón Amaya que aun creo que sobrevive como la muestra la foto adjunta, con su gran muro y sus gradas que han perdido en altura con el tiempo pero en aquel entonces en mi infancia esas gradas me parecían las de una pirámide Maya.

Antiguo meson amaya como luce actualmente, foto 2007.
Pero las Navidades de mi barrio eran especiales, pues era el único momento en el año en que los enojos y los odios entre vecinos se olvidaban. Allí nunca existieron juguetes, ni Santa Claus, ni niño Dios, ni Reyes magos, nada de eso pero si los 24 de diciembre eran especiales.
Yo no puedo pasar ningún 24 o 31 de diciembre sin pensar en mis vecinas: Las Mejía. La abuela, la Doña Carmen como se le llamaba cariñosamente, había sido panificadora de la panadería Las Palmeras, allá por la Avenida Independencia, comúnmente llamada: La Avenida. Fue durante la huelga de panificadoras que esta señora me llevo una noche al local del sindicato y tuve el honor de conocer personalmente a Salvador Cayetano Carpio, Comandante Marcial. Luego de la huelga de panificadoras, se quedo sin trabajo y para mantener a su familia, decido alquilar el garaje de una casa de a la par del mesón y allí instalo un comedor.
Pero la competición era difícil pues casi a la par tenía al comedor del “Chino” y su mujer. El famoso chino trabajaba en el Diario de hoy y era el que sacaba los topetes de diario para los canillitas. Su comedor parecía restaurante buffet. Un poco más caro pero definitivamente respetando más las reglas de salud pública. La Doña Carmen tenía varias hijas y nietas. Las nietas eran casi de mi edad así fue que con esas “bichas” que crecimos en un ambiente de hermandad.
La mamá de las bichas estas era la ¡Niña Yolin! Se llamaba Yolanda y tenía dos hijas y un varón que estaba bastante pequeño. Las bichas iban a la escuela Cecilia Sherry de Espirtat. La cual era la escuela del barrio para las bichas de la zona. En aquel entonces yo frecuentaba la escuela Francisco A. Gamboa, que era escuela de niños. Todo el universo nuestro estaba en los alrededores del Parque Centenario.
Las Mejía eran trabajadoras y parranderas. A las 4 de la mañana se levantaban para ir a preparar el desayuno de los canillitas que a buena hora recogían el Diario de hoy. Pero los 24 era diferente pues además de que el diario del 24 salía como de costumbre en la mañana, había la edición del 25 que salía el 24 a las 12 del mediodía. Y nuestras amigas como de costumbre estaban de pie de temprana hora preparando el chocolate y café, con las pupusas calientes que formaban el desayuno de los canillitas y de los empleados del Diario de hoy.
Luego te terminar con el desayuno, los 24 se tenían que preparar para ir al Diario El Mundo y hacer lo mismo. Era todo un maratón de trabajo ese día. Luego de sacar la venta para los del vespertino El Mundo era regresar a casa para El Diario de hoy pues la edición de Navidad salía a mediodía, como habia dicho antes. Esos días eran de mucha algarabía en el barrio pues era de los raros días que íbamos a estrenar ropa y así es que teníamos que prepararnos desde tempranas horas tomando un buen baño.

En la esquina de la 8 avenida Norte y Avenida Cuscatancigo, en mis tiempos existio una tienda y hasta un burdel tambien existio por allí.
No se hacían planes de ningún tipo y no existían lujos tampoco. A duras penas cada familia trataba de matar su gallina india o pollito indio para alegrarse ese día. Los cohetes eran nuestros juguetes. Las emisoras pasaban las mismas canciones hasta la saciedad queriéndonos hacer creer que la felicidad llegaría esa noche. Las horas parecían eternas ese día pues todos los “cipotes” esperábamos la llegada de la noche en donde mi barrio se llenaba de alegría y de algarabía.
Esa noche de 24 era noche en que todo era posible. Y la diversión estaba a la orden del día. Mis vecinas terminaban como a las 2 de la tarde de trabajar ese día. Ya a esa hora los “canillitas” habían desertado la zona y las Mejía se preparaban limpiando el comedorcito que tenían y preparándose para irse al “Mercado Central”. Tipo 3 de la tarde la Doña Carmen salía con las bichas al mercado a comprar los estrenos y todos los preparativos para la cena ese día.
Siempre sucedía eso a último minuto salía la abuela con las hijas y nietas a buscar los estrenos, comprar un par de gallinas indias, pan y todo lo necesario para cena. Pero el personaje que más cariño guardo de toda esa familia fue la mamá de mis amigas la extrañada y que en paz descanse Yolin. Yolanda, como les habia dicho, era su nombre, tuvo tres hijos dos niñas y un varón, todos de padres diferentes y hasta desconocidos. Ella fue el ejemplo típico de lo es ser una bohemia. Trabajaba duro y los fines de semana dejaban todo por irse a los bailes de la “Sociedad de meseros” allá por el parque Zurita y echarse los tapirulos o como quien dice era buena para el trago.
La “Niña Yolin” como le llamaba me guardaba mucho cariño, va de paso decir que dicen las lenguas bien informadas que fue “querida” de un tío mío. Ha de ser cierto pues cuando el susodicho tío murió en un accidente de trabajo, la “Niña Yolin” fue parte del grupo de mujeres que llegaron a la vela a llorarlo, creando toda una conmoción en el Cantón El Rosario, en Tonacatepeque en donde el velorio y el entierro se realizo, como se debe siendo familias del lugar.
En fin la “Niña Yolin” seguido daba unos espectáculos que dejaba pachito las comedias tontas de la insipiente televisión salvadoreña, que en aquel entonces tener ese aparato era un artículo de lujo. Cuando se pasada de tragos, que sucedía muy seguido, la “Niña Yolin” hacia unos relajos en los cuales las disputas con su marido “Rami” eran muy comunes.
El famoso Ramiro a quien le llamábamos respetuosamente “Rami” o “Don Rami” había sido soldado en la Guerra de las 100 horas y en esos días trabajaba en el tren de aseo, o sea los camines que recogían cotidianamente la basura en las calles capitalinas. Era un trabajo duro y eso había hecho de “Rami” todo un musculoso y su estatura mayor que la de la mayoría de los hombres de nuestra tierra y eso le daba a “Rami” un porte de temer. Contrariamente a la “Niña Yolin” que era pequeña de estatura, allí se daban las contradicciones físicas de ambos personajes.
Ellos compartían los mismos placeres de irse de pachanga los fines de semana y a bailar temprano y regresar bien “zapatones” ya en la noche. Cuando las discusiones se acaloraban entre ambos era todo un show. La “Niña Yolin” no dudaba en tirársele hasta en patada voladora al semejante muro de músculos que de un manotazo la hacia rebotar en el suelo. Pero con una fuerza que solo los tragos le daban nuestra “Niña Yolin” se defendía haciendo uso adecuado de las cacerolas y peroles que dejaban las señas evidentes del conflicto en la cara de nuestro querido Rami.
Los 24 de diciembre eran pachangones que nuestros héroes armaban, mientras que la Doña Carmen se ausentaba en las tardes para ir al mercado, nuestros héroes comenzaban el deschongue acompañados de la hermana de la doña Carmen, la estimada “Tía menche”. Una mujerona que vendía en los mercados y de gran porte y que compartía con su sobrina, la querida “Niña Yolin” el gusto por el “muñecaso”. Esas señoras eran de armas tomar, pues eran capaces de hacer caer a cualquier hombre que quisiera retarlas en el trago.
Ya a eso de las 5 de la tarde, el trío Yolin, Rami y tía Menche ya habían comenzado el fiestón. Tipo 6 de la tarde llegaba la doña Carmen ya con el canasto lleno con los preparativos y las bichas contentas con los estrenos. Era correr al baño y prepararse para estar listas a eso de las 7 de la noche que se daba comienzo al fiestón del 24. Hasta el amanecer.
Como a eso de las 7 de la noche ya la otra hija de Doña Carmen, mi querida Haydee, quien fue algo así como una hermana mayor para mi pues habrá tenido unos 5 años más que yo y según cuenta mi mamá cuando yo nací le gustaba venir a verme y a cuidarme y un día que mi mamá me estaba bañando me dio un buen nalgaso pues al parecer era un cipote gordito contrariamente a lo que soy hoy un viejo flaco y malhumorado.
Pero esos 24 de diciembre, Haydee se convertía en amenizadora del pachangón. Pues ya para aquel entonces trabajaba en Texas Instruments y lo primero que había hecho fue comprarse unos aparatos de sonido en Kismet. Y con sus aparatos y sus discos 45 RPM se armaba el fiestón. El comedorcito de la Doña Carmen se convertía en el pachangon de la mara. Y allí pasabamos todos los bichos bailando al ritmo de la Orquesta Hermanos Flores, Victor Piñero y los Melodicos, Tina Turner, Los Creedence y otros grupos más que daban golpe en aquel entonces.
Algunas amigas de la Texas venían a celebrar allí también con nosotros. Lo que hacía que el fiestón más ameno y sabroso pues las chamacas de la “Texas” eran buena para el baile y los “tapis”. De escondida me iba a comprar unos “Delta” o “Praditos” con la paja que se necesitaban para reventar los cohetes pero en realidad siempre me gusto echarme mi cigarrillo de escondida. Mientras mi querida “niña Yolin” que me decía: “Moris, ya es tiempo que se tire su amarga, pues eso es de hombres” y arrugando la cara me tire mi primera “Pilsener” con un gran miedo que me pusiera bien a riata y que me descubrieran y mi tata o mi mamá me dieran una tastasiada de carretonero por vicioso.
La Doña Carmen, no conocía miserias ese día y allí había comida para todos y nos servía nuestros sendos platos con panes con gallina, mientras seguíamos bailando como locos. Como a eso de las 10 de la noche el relajo era tremendo se bailaba casi hasta en la calle, yo ya me había acabado mis dos o tres cigarrillos y con mi segunda cerveza adentro ya no tenía miedo a la verguiada que seguramente me darían si me agarraban con las manos en la masa, mejor dicho con la birria en las manos.
Lo más jodido era cuando mi papá pasaba con nosotros las navidades pues el cuartucho del mesón parecía entierro, se acostaba a las 7 de la noche y pasaba escuchando una su emisora que pasaba solo música clásica. Mientras afuera era el cueterio y el relajo mi tata escuchaba la Sinfonía de Beethoven en no sé qué movimiento interpretada por no sé quién diablos y él se sentía en un nirvana musical.
Imagínense pasar un 24 de diciembre oyendo esas marranadas. Yo me hacia el “pendejo” y mascaba chicles o pedazos de canela que la “Niña Yolin” o Haydee me daban para ocultar el olor y así llegaba a hablar unos minutos con mi mamá y mi papá y salía disparado al comedor de la Doña Carmen a saltar como loco, luciendo mi estreno un pantalón campana que me cubría los zapatos y que me había confeccionado Santos Urbano allá en el Cantón El Rosario. Dicho sea de paso, Santos fue mi sastre por muchos años y siempre lo visitaba para mis pantalones pues bien me sabia las medidas. Hasta los uniformes del INFRAMEN fueron confeccionados en la Sastreria de Don Santos, jurisdicción de Tonacatepeque, y solo me cobraba 5 colones por hacer un pantalón y me pedia siempre yarda y media si era de 60 pulgadas de ancho la tela en cuestion. Generalmente buscaba los colores más chillantes de aquella epoca que encontraba en el Almacen Torreon o donde los Chinos del parque Hula Hula.
En aquel entonces, estaba dando pegue la “Maquina Danzante” de los Jackson Five y todos los locos de la zona hacíamos competición para ver si podíamos imitar el famoso paso de Michael Jackson cuando era apenas un cipote. Cuidandorrias si el pobre disco 45 RPM hasta se rayo en una navidad de esas.
El ruido de los cohetes, buscaniguas, morteros, ametralladoras, volcancitos y todo el arsenal de pólvora que cada cipote tenía en su poder iba en crescendo según avanzaba la noche. Ya cuando eran las once de la noche la algarabía y los radios a todo volumen sumado a las explosiones cada vez más fuertes de la pólvora, hacia aumentar la emoción de la espera de las 12. Y mi tata en extasis extremo con “El charco de los patos” como él siempre llamaba al “Lago de los cisnes” de aquel ruso Tchaikosvsky(1840-1893, cuya primera presentación fuese interpretada nada menos que que por el Ballet Bolshoi en 1977.
A esta hora ya mi siempre bien recordada “Niña Yolin” ya no daba la hora y empezaban a sentirse los efectos del exceso de consumo del famoso Tic Tac. Hasta las vecinas más serias comenzaban a aceptar un traguito por aquí y por allá para terminar bien “zapatonas” a media noche. Las viejillas más beatas sacaban sus botellas “Rompope Santa Clara” y le echaban su piquete para celebrar. Otras abrían alguna botellita de aquellas de cidra que vendía “La tapachulteca” en tiempos de Navidad.
Todo mundo en el mesón olvidaba las los odios que a diario se manifestaban entre los clanes que se formaban entre las vecinas. Vivir en un mesón es comprender a temprana edad lo que es la “guerra fría” pues siempre hay dos grupos que se disputan la supremacía de ser las meras macizas del vecindario. Pero para Navidad no habían tales aunque sea una media sonrisa se tiraban las “viejas” matonas del mesón.
Siempre había alguien que se la llevaba de muy, muy católica y que a eso de las 10 de la noche salía a la misa de las 11 para la Iglesia Concepción, la cual se termino cayendo para uno de los recientes terremotos, o bien para la Iglesia San José antes que fuera víctima de la llamas. Dicho sea de paso el nacimiento que la Iglesia San José organizaba era siempre el mejor y más natural. La iglesia muy antigua era un centro de paz y tranquilidad pues los jardines del interior daban una frescura única a esa iglesia situada tan cerca del mero centro de la ciudad. La otra iglesia que se disputaba los feligreses era la Iglesia San Francisco en donde recibí mi primera comunión, un 24 de diciembre tambien en horas de la mañana. Esa todavía existe aunque sea hoy más pequeña pues todo el patio de la entrada fue eliminado cuando decidieron hacer esa gran avenida que cortó también un pedazo al parque Centenario, al antiguo Inframen y a la Alcaldía de San Salvador entre otros.
Pero esa noche de 24 todo era “jelengue” y no entendíamos la razón por la cual iríamos a sentarnos a la misa de media noche cuando el fiestón estaba en el comedor de la “Doña Carmen”. Todo mundo esperando las 12 y el humo de la pólvora era perfume que llenaba el ambiente. De vez en cuando el llanto de algún cipote “menso” se escuchaba pues un cohete o un morterito de los de a dos centavos le había explotado en la mano. Así le pasó aquel cipote llamado “Saúl” que por ser el hijo único de una vecina, era más niñon que mandado hacer y así fue que esa noche de 24 no quería más luces de bengala si no que quería morteritos. Viene la vieja “pandunda” de la nana y por que la dejara en paz pues ella ya estaba entrada en copas, le dio un peso para que se contentara.
El pobre bicho llevándosela de que nadie le podía decir nada empezó tirando los morteritos en los pies de los vecinos y de repente uno parecía no haber encendido y él continuaba necio queriéndolo encender con el cigarrillo cuando sonó la detonación y los llantos del bichito mariconcito resonaron por todos lados acompañados de las risotadas de todos los demás bichos de la zona. La mano mostraba una gran seña oscura señal evidente que el morterito si había explotado y el pobre cipote gritaba que la mano se le iba caer. Con una lavada y un par de pesos para que fuera a comprar un par de ametralladoras el cipote malcriado termino olvidando el mortero, pero con un miedo que ahora salía corriendo cada vez que escuchaba el estruendo de alguno que reventaba a algunos metros de él.
De repente todas las emisoras comenzaban a poner las mismas canciones anunciando que las doce estaban muy cerca y el ruido era ensordecedor. Los locutores comenzaban a contar los segundos, la YSKL, La sonora, la YSU, y todas anunciaban que eran las 12. Como es obligatorio en ese momento se tiene que estar con los padres y allí estábamos abrazando a mamá y a papá. El viejo más por obligación que por creencia pues siempre nos decía que nadie sabía que día había nacido el “colocho” y que todo era patraña de la Iglesia católica. Nunca hubieron regalos, ni juguetes pero quién diablos recibía eso en ese mesón en donde todos trabajaban duro para poder comer y vestirse convenientemente. Nosotros nos conformábamos con los estrenos que serian la ropa de dominguiar durante el próximo año.
Pasadas las 12, las cosas se aclaraban, los ojazos que uno le había pasado haciendo a alguna cipota de la zona se concretizaban en algun amarre o amase; la música comenzaba a ser un poco romanticona estilo “Ángeles Negros”, “los Galos” y sin faltar el que hacia llorar a mi amiga Haydee: Camilo Sesto. Ya con los efectos de las polarizadas mi amiga se convertía en un mar de llantos por el “papi” que no había llegado o que acababa de conocer y se había ido a saludar a su familia. Todo era drama y risas. Pero en eso llegaban otros amigos y amigas de los alrededores y se armaban de nuevo el relajo.
Así seguíamos hasta las 2 de la mañana ya para ese entonces la paciencia de mi tata había alcanzado sus límites y enviaba a mi mamá con la amenaza clara que si no nos íbamos a dormir inmediatamente seriamos víctimas de una verguiada de carretonero. Así terminábamos las navidades cuando mi tata estaba con nosotros, todo diferente cuando él decidía pasar la fiesta con la otra. Entonces si la navidad era más alegre pues hasta mi mamá nos dejaba echarnos un par de tapis.
Y el 25 nos llegaba con un vecindario silencioso, el sol estaba ya fuerte cuando nos levantábamos y salíamos a ver el inmenso papelero que cubrían la calle como fiel testimonio de lo que había sido la fiesta de la noche anterior.
El desvelo y la goma se hacían sentir y así como decía Serrat “vuele el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza, la niña rica al rosal y la niña pobre al portal, el señor cura a sus misas y el avaro a sus divisas” y la fiesta de mi barrio era ya solo un recuerdo.
Fue en una de esas navidades que perdí mi inocencia y comencé a ver la vida de otra manera y comencé también a alejarme de mi barrio querido para sitios más clementes. Mi última navidad allí fue todo un fiestón que por primera vez fuimos nosotros los que lo dimos, ya tenía yo 19 años y mi tatá venia de dejarnos definitivamente y para celebrar mi total independencia y libertad recientemente conquistad, botellas, la refri llena de polarizadas, mi mamá había comprado el primer pavo indio, con el cual inicio mi tradición de “asesino de chompipes” pues les daba matacan con un solo machetazo en el cuello y luego hacia desangrar para obtener un carme más blanca. Y así armamos una gran mesa en donde todo el vecindario fue invitado. Mis nuevos aparatos de marca “Panasonic” pusieron el ritmo y no dejaron dormir a nadie, mucho cuidodo habia tenido en escoger los aparatos mas bulliciosos que se encontraban en el mercado en aquellas navidades. Ese día terminamos la fiesta hasta el amanecere, todos desvelados y de goma pero más felices que nunca… días más tarde nos mudamos a nuestra casa en Soyapango, todo eso fue antes del comienzo del fin, solo nos faltaba un año apenas para la primera gran ofensiva final que marco el fin de mi vida en El Salvador.
Ahora solo son recuerdos de aquellos años en que la riqueza no era material más bien humana y calida entre los parias de este mundo que forjaron mi sensibilidad social de no olvidar de donde vengo y quien soy, un chico del barrio cerca del Parque Centenario.
Mauricio.
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