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Mis recuerdos de Tonacatepeque…

Mis recuerdos de Tonacatepeque…

Los Quijano tenemos raíces profundas en ese pedacito de tierra que nos dan las ricas jícamas. Yo nací y me crie en San Salvador, allá por el parque Centenario. Pero Tonaca ha sido siempre el pueblo de mi corazón pues de allí venimos los Quijano. Mi abuelo vivía en el Cantón el Rosario en el camino que de Soyapango conduce a Tonaca. Mis vacaciones y mis recuerdos de infancia se ubican en esas lomas aledañas a Tonaca. Era allí donde íbamos en las grandes fechas: bodas, entierros, Día de los muertos, rezos, visitas al penal y compras del domingo.

Los buses cobraban 40 centavos de Colón desde Soyapango hasta Tonaca y bien me recuerdo de los típicos nombres: La Jicamera, La Mía, La Larios… En Soyapango esperábamos la llegada de los buses y alegremente montábamos con rumbo a donde el aire era siempre más puro y donde la vegetación se hacía más espesa en invierno. Esa calle empedrada y polvorienta era nuestro camino para Tonaca y que alegría sentíamos cuando llegábamos al puente grabado en mi memoria, el cual lo veía tan profundo y bajo de él pasaba el tren de la IRCA. Y el bus siempre disminuía su velocidad al llegar a la quebrada antes de emprender la cuestona que nos hacía llegar al pueblo que con sus calles empedradas nos daba la bienvenida. Cada vez que leo Gabriel García Márquez y sus 100 años de soledad para mi Macondo se vuelve realidad en Tonaca.

La persona que más caracterizo en mi vida, mi pueblo fue mi bisabuela quien muriese a la edad de 111 años, muy conocida en aquellos cantones vecindarios de Tonaca, la Mamita Salomé Quijano era todo un ejemplo de matriarcado. Fiel católica hacia hablar de ella en el mes de enero con su famoso rezo al Cristo Negro de Esquipulas. Devota del Cristo en cuestión pasaba el año trabajando duro para tener como hacerle su rezo al Señor de Esquipulas. Fue en casa de mi bisabuela en el Cantón El Rosario que aprendí mis primeras lecciones de religión, pues allí llegaban unas monjitas y unas maishtras de San Salvador, los días sábados a enseñarnos el catecismo. Y el mes de noviembre nos juntábamos todos los primos pues teníamos que ir a enflorar y mi abuelo Angel Quijano se daba a la tarea de hacer las coronas de ciprés y sus hijos, mi madre y sus hermanas y hermanas, llevaban las flores que se compraban en el mercado el Emporio.

Mis recuerdos de Tonaca se ubican alrededor de la iglesia pues era allí donde siempre nos deteníamos cuando había un entierro para que el cura en el atrio de la iglesia diera los santo oleos al difunto. Dicho sea de paso, nuestra costumbre era llevar el féretro desde el cantón hasta Tonaca a pie. Y allí íbamos en procesión silenciosa cuesta arriba y sudando bajo el sol ardiente. Solo los llantos de los familiares se escuchaban y así recorríamos ese tortuoso camino desde el Cantón el Rosario hasta Tonaca. Allí están mi bisabuela, mi abuela, mis tíos y no sé cuantos primos.

Las bodas también se celebraban en la iglesia de Tonaca y generalmente las bodas en aquel entonces solían hacerse en tempranas horas de la mañana. Practica que ya casi ha desaparecido pues hoy la bodas se hacen sábados y jamás domingos. Fue en Tonacatepeque que mi madre se crio con una tía que le enseño el oficio de la costura. Fue allí en unas fiestas de diciembre que mi madre, siendo adolescente salió en carroza representando su barrio, a pesar de la oposición de mi abuela que veía en eso una insolencia y falta de recato para las jovencitas.

De las familias que recuerdo son los Carias que según me cuentan tienen lazos cercanos con los Quijanos. Los Siliezar que ese era el segundo apellido de mi abuelo y también los Duran que era el apellido de mi abuela. Según he sabido en los años 1800 llego a vivir a Tonacatepeque un médico francés de apellido Durand, quien se caso y tuvo una familia muy conocida en la zona, pero también tuvo sus deslices y de uno de esos deslices nació la rama de los Duran, no reconocidos, de esos era descendiente mi abuela.

De los que no se mucho es de la familia de mi padre que son Rivera Vásquez y que también son originarios de la zona.

Entre los recuerdos que guardo preciosamente en mi memoria son las famosas pastorelas que recorrían los cantones en aquel entonces en los días antes de navidad. El personaje del diablo vestido de rojo era el más colorido de todos. ¡Qué bonito eran las pastorelas de Tonaca! Uno de cipote iba todas las noches a rezar decía uno pero en realidad era por ir a probar el marquesote y el chocolate que las capitanas de cada estación preparaban. Y también había tamales…

Tonacatepeque estaba rodeado de ríos y quebradas, entre ellos el río las cañas y un pequeño virtiente que mi madre menciona seguido Chantecuan, pero yo me recuerdo más del riachuelo “Los huishtales” que bajaban de una loma formando un par de pozas de agua fresca en donde se daban cita las muchachas de la zona para ir a lavar la ropa. Era tan agradable darse unos baños allí y escuchar las muchachas chambriar entre ellas. La moral quedaba arriba pues allí nos bañábamos chulones y no existía vergüenza. Entre aquellos bosques abundaban los copinoles, los huichamperes, los pepetos y sin faltar los marañones. Pero entre aquellos manjares que la naturaleza nos regalaba no se quedaba atrás los huichamperes que a la orilla del riachuelo se hacía en las brasas a la hora del almuerzo. Todavía siento el sabor de aquel fruto que cuando se hace en miel se vuelve algo único para el paladar nuestro.

Me recuerdo que todo comenzó a cambiar a mediados de los 70 cuando se comenzaron a organizar las patrullas cantonales y los grupos de ORDEN. Allí salían mis tíos cubiertos por la oscuridad de la noche armados por los cuerpos de seguridad de Tonaca a merodear en toda la zona. Al principio nos hacían creer que era para cuidar contra los ladrones pero poco a poco nos dimos cuenta que las famosas “Patrullas cantonales” no eran otra cosa que los cuerpos paramilitares que tanto terror sembraron en aquella época a la víspera de la Guerra Civil.

Cada noche iban a sacar muchachos de la zona que se creían que habían caído en las redes de la subversión. Ya no era posible hacer pastorelas ni rezos toda reunión en los cantones se convirtió en todo una fuente de sospecha. Y así se voló el puente y con ello la respuesta de la gente se hizo sentir y Tonaca se convirtió en teatro de enfrentamientos cotidianos. Y la situación cambio de repente, los temidos miembros de la patrulla comenzaron a recibir visitas nocturnas y a desaparecer también. Allí fue entonces que mis tíos comprendieron que la violencia solo genera violencia y salieron espantados para otros lados.

En esos días me despedí de mi abuelo y de mi tierra y sali en un viaje sin retorno a la tierra del frio y de la paz… mi nueva patria Canadá.

II

Esto se está poniendo buenísimo o como se dice en buen salvadoreño : el bolado se pone “cachimbon”.

Pues acabo de leer los comentarios que me han llegado directo al alma de gente de Tonaca, y es porque al parecer tenemos algo en común. Primeramente al compa que menciona a Don Marcos Urbano, si la información que mi mamá me ha aclarado está casado con la señora Graciela Henríquez y tienen un hijo que se llama Miguel Urbano, quien está casado con una prima de mi mamá como quien dice tía en segundo grado mía, su nombre es Mari y es de apellido Duran pues es hija de la hermana de mi abuela: Josefa Duran, y mi madre se llama Marta Quijano Duran.

Toda mi familia vivía antes de llegar a la finca “La Favorita” propiedad de la familia Pacheco. En mi época de cipote el cuidandero de la finca era Don Marciano. Pues da la casualidad que la última vez que yo vi a Don Marcos Urbano y a toda su familia fue cuando estuve de preso político en los comienzos de los 80, al mismo tiempo que Toño Carbonell y un montón de gente conocida como los compas de FENASTRAS. Este mi primo Miguelito que se caso con Mari (hija de mi tía Otilia), viven todavía, creo yo, en Soyapango y cuando era soltero este Miguelito era uno de los pocos que tenia aparatos de sonido en el Cantón. Él era el DJ de la época, los fiestones se tenían que hacer con los aparatos de Miguelito Urbano y que pachangones se armaban en la escuelita del Cantón el Rosario. Allí íbamos los domingos en la tarde a pachanguiar luciendo los pantalones “campana” Made in El Rosario, pues no había mejor sastre que Santos creo que también es de apellido Urbano.

Y que sorpresota me lleve al leer el mensaje de WIDO, que es hijo de Enrique Fuentes Duran y sí es la misma persona este señor es hijo de La señora Mercedes Duran de Fuentes y de Don Elías Fuentes. Y fue en casa de Doña Mercedes Duran de Fuentes que mi madre llego a la edad de 12 años a aprender el oficio de costurera. Todavía mi madre habla en bien de toda esa familia que la adopto a esa edad pues mi abuela quería que se quedara ayudándole en casa pues la familia eran 13 cipotes y mi madre la mayor. En aquel entonces no había molino y el maíz tenía que molerse a piedra todos los días.

Como dice Wilfredo Fuentes, a nosotros nos acostumbraban a tíos y tíos a un montón de gente que luego nos enchibolabamos tratando de descifrar los lazos familiares que nos unían. Entre las reuniones que más me gustaban eran los rezos de novenario cuando el fallecido cumplia 9 años y se mataba un “cuche” y se hacían las ramadas y las señoras amigas y familiares llegaban desde bien temprano a preparar los tamales. Mientras otras personas preparaban el altar, se sacaban las camas y se metían las bancos de madera para el rezo. A mí me gustaba llegar un par de día antes pues se preparaba el horno de tierra para los marquesotes y el día del rezo a las 5 de la mañana estaba el destazador listo para darle “matacan” al pobre cerdito que había tomado proporciones gigantescas bajo los cuidados de mi abuela.

No se desperdiciaba nada y bien me recuedo que mis tías tenia que tener el agua hirviendo para limpiar el animal de todas las impurezas. El pellejo se ocupaba para los frijoles que quedaban deliciosos. Allí llegaban unas “maishtras” que transformaban la sangre del sacrificado en moronga y otras delicias. Ya después de 9 años, ya no se lloraba al muerto más bien era un momento de regocijo y alegría. Lo que era divertido era ver las señoras que haciendo tamales se tiraban tus “tapis” al comienzo se hacían de rogar y lo hacían disimuladamente ya cuando estaban terminando se veía que no era agua lo que tenían en los vasitos.

Creo que de Tonaca venia siempre la rezadora quien teníamos que “cuentiarla” con anticipación pues no es cualquier persona que le hace de DJ de un rezo. Hay que saber todos los cantos y las oraciones que se hacen para el rezo de la novena. Si mal no recuerdo eran 3 rezos que habían. Nadie tenía comida antes del rezo. Después de terminado el primer rezo se servían las platadas de tamales, con chocolate y se abrían los canastos repletos de marquesote.

Luego los bichos salíamos a correr y a jugar escondelero en la oscurana, eso le daba más sabor al juego. El segundo rezo era seguido de café con pan y allí se comenzaba a repartir los “tapis”. Muchos no llegaban al tercer rezo. Después del tercero los que se quedaban se arropaban bien y comenzaban las platicas interminables y otros a jugar naipes. Los cipotes ya no aguantábamos y dormíamos por todos lados.

De mañanita se preparaban los platos para enviarlos repletos de tamales en señal de agradecimiento a todos aquellos que asistieron al rezo.

Esos son mis recuerdos de los rezos que poblaron mi memoria de cipote. Al rato les cuento cuando íbamos con mis primos y mis tíos menores a cortar los racimos a la finca vecina y todas las maniobras subversivas que teníamos que hacer para sacar a media noche el condenado racimo que se dejaba enterrado en algún lugar de la finca.

Ahora aquí en Canadá solo me quedan esos recuerdos y sonrío al ver mi hijo menor jugar hockey sobre hielo en patines, en lugar de jugar futbol y llevar a la espalda la herencia de Tonaca, pues el apellido que la camisola muestra no es otro que… Quijano.

Abril 25, 2008 - Publicado por mriveraq | Mis recuerdos | | No Comments Yet

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