De regreso de Amapulapa
Creo que este episodio en nuestras vidas quedo marcado en la memoria de compa Nando y de nuestra querida Yani y de algún otro más que anduvo en esa ocasión con nosotros en 1977 en aquella excursión que nos llevara a Amapulapa. Si mal no recuerdo ellos participaron en esa aventura…o sera que estoy perdiendo la memoria…
Yo no me recuerdo mucho del viaje pero si del regreso pues sucedió que ese día durante nuestra estadía en el turiscentro, que así se les llamo a los balnearios bajo la gerencia del ISTU, sucedió un hecho interesante en San Salvador. Ese día los compañeros que ocupaban la embotelladora La Constancia fueron desalojados y capturados. Fue un día amargo para los compañeros de FENASTRAS, quienes eran miembros del FAPU y cuyo brazo armado me parece que era el FARN . Yo no era de ese grupo por eso no me recuerdo muy bien del organigrama de la organización de masas. Pero al parecer Ferman Cienfuegos era el líder de las FARN. La base de esta organización se encontraba en la U. Nacional y con lazos con la Juventud Democristiana.
Volviendo al tema:
Pero sucede que el tren que salía de temprana hora desde La Unión y pasaba por San Vicente a las cuatro de la tarde sufrió un retraso enorme y creo que hemos salido de allí como a eso de las 6 de la tarde. Y como era de esperarse hemos llegado a la terminal como a eso de las 10 de la noche. Eso fue “YUCA” pues San Salvador parecía una ciudad muerta. Nadie en las calles, se respiraba el miedo pues el miedo tiene olor a muerto. Hasta las cinqueras que abundaban en los famosos locales de las enrejadas de la Avenida estaban en silencio. Las tanquetas estaban por toda esa zona.
Esa noche sentí que me orinaba al recorrer a pie desde la terminal de oriente hasta el parque centenario. Creo que si mal no recuerdos mis compinches lograron tomar el último bus que iba para Quezalte. La regañada que me dieron al llegar a casa fue de padre y señor mío si por poco no barrieron conmigo.
Si solo el plante de quema buses teníamos imagínense, cipotes con una mochila solamente caminando por esos lados, no era para llamar la atención y ser linchados como posibles subversivos y en lugar de explosivos encontrar un par de chancletas y una calzoneta mojada con la toalla que todavía estaba húmeda.
Esos momentos de zozobra quitan el sueño todavía pues a diario aparecían cuerpos mutilados en las calles de San Salvador por esos días. Ya se estaban terminando las funciones de los cines que ahora proyectaban las últimas presentaciones a las 5 o 6 de la tarde y los doblones de la tarde habían comenzado ya a ser pasados a las 11 de la mañana. Todo era un cambio tremendo en la forma que San Salvador vivía o sobre vivía del miedo que los cuerpos de seguridad creaban. Era la psicosis del terror de Estado que se sentía. Hay de aquel que era señalado por error o por deseo de venganza, desaparecía y jamás se volvía ha saber de él. Se creía que sometiendo al pueblo a una terapia de terror intensivo se ganaría otros 40 años de dominación. Se equivocaron y las balas, como decía Dalton en aquel su poema, comenzaron a silbar de este lado para el de ellos.
En esos años también andaba de pispireto con mi querida Mirta Flores y en cierta ocasión estábamos en el famoso restaurante MacDonalds el cual estaba situado en la esquina opuesta del teatro nacional, frente a la plaza Morazán. Pues sucede que estando allí fue que se desato una balacera de aquellas que nos quedamos atrapados en el restaurante sin poder salir y con el trasero en las dos manos de la gran pálida. Y como estaba rodeada de ventanales pudimos observar los acontecimientos como desde un cine en cual macabra película el pueblo se hacía masacrar sin menores recatos. Solo veíamos los cuerpos de seguridad salir de los camiones y tirarse en las calles y comenzar a disparar a quema ropa. Si mal no recuerdo el relajo era una manifestación que iba camino a La Prensa Grafica la cual estaba situada por allá por el cine Central.
¿Ah y quién se acuerda de eso? Los melancólicos del pasado, los que nos negamos a olvidar y quisiéramos tener siempre en la memoria los nombres que aquellos días cayeron. Los medios de comunicación hablaban de que el país era víctima de una campaña del comunismo rojo y se acusaban a países como Cuba y hasta otros lejanos como la Unión Soviética de ser los culpables de todo ese desorden.
Me recuerdo que uno de los anuncios de la tele decían así: Profesor Mario López: salario pagado por ANDES 21 de junio, Melida Anaya Montes: salario pagado por Universidad Nacional y así sacaban las fotos de los dirigentes laborales más conocidos y sin pruebas acusaban que eran fondos en “rublos” directamente de Moscú que cubrían todo eso.
El único periódico que se atrevía a decir la verdad fue La Opinión y en esos años fue callada para siempre a puros bombazos. Esos ataques era atribuidos a grupos tales como “La Mano Blanca” y otros nombres sacados de las mentes criminales que dirigían la cacería desde los cuarteles. Nunca existieron esos grupos pues eran parte integrante de los cuerpos de seguridad.
Otro pasaje en la historia olvidada…
Mis recuerdos de Tonacatepeque…
Mis recuerdos de Tonacatepeque…
Los Quijano tenemos raíces profundas en ese pedacito de tierra que nos dan las ricas jícamas. Yo nací y me crie en San Salvador, allá por el parque Centenario. Pero Tonaca ha sido siempre el pueblo de mi corazón pues de allí venimos los Quijano. Mi abuelo vivía en el Cantón el Rosario en el camino que de Soyapango conduce a Tonaca. Mis vacaciones y mis recuerdos de infancia se ubican en esas lomas aledañas a Tonaca. Era allí donde íbamos en las grandes fechas: bodas, entierros, Día de los muertos, rezos, visitas al penal y compras del domingo.
Los buses cobraban 40 centavos de Colón desde Soyapango hasta Tonaca y bien me recuerdo de los típicos nombres: La Jicamera, La Mía, La Larios… En Soyapango esperábamos la llegada de los buses y alegremente montábamos con rumbo a donde el aire era siempre más puro y donde la vegetación se hacía más espesa en invierno. Esa calle empedrada y polvorienta era nuestro camino para Tonaca y que alegría sentíamos cuando llegábamos al puente grabado en mi memoria, el cual lo veía tan profundo y bajo de él pasaba el tren de la IRCA. Y el bus siempre disminuía su velocidad al llegar a la quebrada antes de emprender la cuestona que nos hacía llegar al pueblo que con sus calles empedradas nos daba la bienvenida. Cada vez que leo Gabriel García Márquez y sus 100 años de soledad para mi Macondo se vuelve realidad en Tonaca.
La persona que más caracterizo en mi vida, mi pueblo fue mi bisabuela quien muriese a la edad de 111 años, muy conocida en aquellos cantones vecindarios de Tonaca, la Mamita Salomé Quijano era todo un ejemplo de matriarcado. Fiel católica hacia hablar de ella en el mes de enero con su famoso rezo al Cristo Negro de Esquipulas. Devota del Cristo en cuestión pasaba el año trabajando duro para tener como hacerle su rezo al Señor de Esquipulas. Fue en casa de mi bisabuela en el Cantón El Rosario que aprendí mis primeras lecciones de religión, pues allí llegaban unas monjitas y unas maishtras de San Salvador, los días sábados a enseñarnos el catecismo. Y el mes de noviembre nos juntábamos todos los primos pues teníamos que ir a enflorar y mi abuelo Angel Quijano se daba a la tarea de hacer las coronas de ciprés y sus hijos, mi madre y sus hermanas y hermanas, llevaban las flores que se compraban en el mercado el Emporio.
Mis recuerdos de Tonaca se ubican alrededor de la iglesia pues era allí donde siempre nos deteníamos cuando había un entierro para que el cura en el atrio de la iglesia diera los santo oleos al difunto. Dicho sea de paso, nuestra costumbre era llevar el féretro desde el cantón hasta Tonaca a pie. Y allí íbamos en procesión silenciosa cuesta arriba y sudando bajo el sol ardiente. Solo los llantos de los familiares se escuchaban y así recorríamos ese tortuoso camino desde el Cantón el Rosario hasta Tonaca. Allí están mi bisabuela, mi abuela, mis tíos y no sé cuantos primos.
Las bodas también se celebraban en la iglesia de Tonaca y generalmente las bodas en aquel entonces solían hacerse en tempranas horas de la mañana. Practica que ya casi ha desaparecido pues hoy la bodas se hacen sábados y jamás domingos. Fue en Tonacatepeque que mi madre se crio con una tía que le enseño el oficio de la costura. Fue allí en unas fiestas de diciembre que mi madre, siendo adolescente salió en carroza representando su barrio, a pesar de la oposición de mi abuela que veía en eso una insolencia y falta de recato para las jovencitas.
De las familias que recuerdo son los Carias que según me cuentan tienen lazos cercanos con los Quijanos. Los Siliezar que ese era el segundo apellido de mi abuelo y también los Duran que era el apellido de mi abuela. Según he sabido en los años 1800 llego a vivir a Tonacatepeque un médico francés de apellido Durand, quien se caso y tuvo una familia muy conocida en la zona, pero también tuvo sus deslices y de uno de esos deslices nació la rama de los Duran, no reconocidos, de esos era descendiente mi abuela.
De los que no se mucho es de la familia de mi padre que son Rivera Vásquez y que también son originarios de la zona.
Entre los recuerdos que guardo preciosamente en mi memoria son las famosas pastorelas que recorrían los cantones en aquel entonces en los días antes de navidad. El personaje del diablo vestido de rojo era el más colorido de todos. ¡Qué bonito eran las pastorelas de Tonaca! Uno de cipote iba todas las noches a rezar decía uno pero en realidad era por ir a probar el marquesote y el chocolate que las capitanas de cada estación preparaban. Y también había tamales…
Tonacatepeque estaba rodeado de ríos y quebradas, entre ellos el río las cañas y un pequeño virtiente que mi madre menciona seguido Chantecuan, pero yo me recuerdo más del riachuelo “Los huishtales” que bajaban de una loma formando un par de pozas de agua fresca en donde se daban cita las muchachas de la zona para ir a lavar la ropa. Era tan agradable darse unos baños allí y escuchar las muchachas chambriar entre ellas. La moral quedaba arriba pues allí nos bañábamos chulones y no existía vergüenza. Entre aquellos bosques abundaban los copinoles, los huichamperes, los pepetos y sin faltar los marañones. Pero entre aquellos manjares que la naturaleza nos regalaba no se quedaba atrás los huichamperes que a la orilla del riachuelo se hacía en las brasas a la hora del almuerzo. Todavía siento el sabor de aquel fruto que cuando se hace en miel se vuelve algo único para el paladar nuestro.
Me recuerdo que todo comenzó a cambiar a mediados de los 70 cuando se comenzaron a organizar las patrullas cantonales y los grupos de ORDEN. Allí salían mis tíos cubiertos por la oscuridad de la noche armados por los cuerpos de seguridad de Tonaca a merodear en toda la zona. Al principio nos hacían creer que era para cuidar contra los ladrones pero poco a poco nos dimos cuenta que las famosas “Patrullas cantonales” no eran otra cosa que los cuerpos paramilitares que tanto terror sembraron en aquella época a la víspera de la Guerra Civil.
Cada noche iban a sacar muchachos de la zona que se creían que habían caído en las redes de la subversión. Ya no era posible hacer pastorelas ni rezos toda reunión en los cantones se convirtió en todo una fuente de sospecha. Y así se voló el puente y con ello la respuesta de la gente se hizo sentir y Tonaca se convirtió en teatro de enfrentamientos cotidianos. Y la situación cambio de repente, los temidos miembros de la patrulla comenzaron a recibir visitas nocturnas y a desaparecer también. Allí fue entonces que mis tíos comprendieron que la violencia solo genera violencia y salieron espantados para otros lados.
En esos días me despedí de mi abuelo y de mi tierra y sali en un viaje sin retorno a la tierra del frio y de la paz… mi nueva patria Canadá.
II
Esto se está poniendo buenísimo o como se dice en buen salvadoreño : el bolado se pone “cachimbon”.
Pues acabo de leer los comentarios que me han llegado directo al alma de gente de Tonaca, y es porque al parecer tenemos algo en común. Primeramente al compa que menciona a Don Marcos Urbano, si la información que mi mamá me ha aclarado está casado con la señora Graciela Henríquez y tienen un hijo que se llama Miguel Urbano, quien está casado con una prima de mi mamá como quien dice tía en segundo grado mía, su nombre es Mari y es de apellido Duran pues es hija de la hermana de mi abuela: Josefa Duran, y mi madre se llama Marta Quijano Duran.
Toda mi familia vivía antes de llegar a la finca “La Favorita” propiedad de la familia Pacheco. En mi época de cipote el cuidandero de la finca era Don Marciano. Pues da la casualidad que la última vez que yo vi a Don Marcos Urbano y a toda su familia fue cuando estuve de preso político en los comienzos de los 80, al mismo tiempo que Toño Carbonell y un montón de gente conocida como los compas de FENASTRAS. Este mi primo Miguelito que se caso con Mari (hija de mi tía Otilia), viven todavía, creo yo, en Soyapango y cuando era soltero este Miguelito era uno de los pocos que tenia aparatos de sonido en el Cantón. Él era el DJ de la época, los fiestones se tenían que hacer con los aparatos de Miguelito Urbano y que pachangones se armaban en la escuelita del Cantón el Rosario. Allí íbamos los domingos en la tarde a pachanguiar luciendo los pantalones “campana” Made in El Rosario, pues no había mejor sastre que Santos creo que también es de apellido Urbano.
Y que sorpresota me lleve al leer el mensaje de WIDO, que es hijo de Enrique Fuentes Duran y sí es la misma persona este señor es hijo de La señora Mercedes Duran de Fuentes y de Don Elías Fuentes. Y fue en casa de Doña Mercedes Duran de Fuentes que mi madre llego a la edad de 12 años a aprender el oficio de costurera. Todavía mi madre habla en bien de toda esa familia que la adopto a esa edad pues mi abuela quería que se quedara ayudándole en casa pues la familia eran 13 cipotes y mi madre la mayor. En aquel entonces no había molino y el maíz tenía que molerse a piedra todos los días.
Como dice Wilfredo Fuentes, a nosotros nos acostumbraban a tíos y tíos a un montón de gente que luego nos enchibolabamos tratando de descifrar los lazos familiares que nos unían. Entre las reuniones que más me gustaban eran los rezos de novenario cuando el fallecido cumplia 9 años y se mataba un “cuche” y se hacían las ramadas y las señoras amigas y familiares llegaban desde bien temprano a preparar los tamales. Mientras otras personas preparaban el altar, se sacaban las camas y se metían las bancos de madera para el rezo. A mí me gustaba llegar un par de día antes pues se preparaba el horno de tierra para los marquesotes y el día del rezo a las 5 de la mañana estaba el destazador listo para darle “matacan” al pobre cerdito que había tomado proporciones gigantescas bajo los cuidados de mi abuela.
No se desperdiciaba nada y bien me recuedo que mis tías tenia que tener el agua hirviendo para limpiar el animal de todas las impurezas. El pellejo se ocupaba para los frijoles que quedaban deliciosos. Allí llegaban unas “maishtras” que transformaban la sangre del sacrificado en moronga y otras delicias. Ya después de 9 años, ya no se lloraba al muerto más bien era un momento de regocijo y alegría. Lo que era divertido era ver las señoras que haciendo tamales se tiraban tus “tapis” al comienzo se hacían de rogar y lo hacían disimuladamente ya cuando estaban terminando se veía que no era agua lo que tenían en los vasitos.
Creo que de Tonaca venia siempre la rezadora quien teníamos que “cuentiarla” con anticipación pues no es cualquier persona que le hace de DJ de un rezo. Hay que saber todos los cantos y las oraciones que se hacen para el rezo de la novena. Si mal no recuerdo eran 3 rezos que habían. Nadie tenía comida antes del rezo. Después de terminado el primer rezo se servían las platadas de tamales, con chocolate y se abrían los canastos repletos de marquesote.
Luego los bichos salíamos a correr y a jugar escondelero en la oscurana, eso le daba más sabor al juego. El segundo rezo era seguido de café con pan y allí se comenzaba a repartir los “tapis”. Muchos no llegaban al tercer rezo. Después del tercero los que se quedaban se arropaban bien y comenzaban las platicas interminables y otros a jugar naipes. Los cipotes ya no aguantábamos y dormíamos por todos lados.
De mañanita se preparaban los platos para enviarlos repletos de tamales en señal de agradecimiento a todos aquellos que asistieron al rezo.
Esos son mis recuerdos de los rezos que poblaron mi memoria de cipote. Al rato les cuento cuando íbamos con mis primos y mis tíos menores a cortar los racimos a la finca vecina y todas las maniobras subversivas que teníamos que hacer para sacar a media noche el condenado racimo que se dejaba enterrado en algún lugar de la finca.
Ahora aquí en Canadá solo me quedan esos recuerdos y sonrío al ver mi hijo menor jugar hockey sobre hielo en patines, en lugar de jugar futbol y llevar a la espalda la herencia de Tonaca, pues el apellido que la camisola muestra no es otro que… Quijano.
Lo que la memoria hizo desaparecer.
Lo que la memoria hizo desaparecer.
Si mal no recuerdo era el año 69 o 70 cuando estaba en tercer grado en la escuela de varones Francisco A. Gamboa, era mi segundo año en esa escuelita pues mi primer grado lo curse en la escuela República Oriental del Uruguay que tuvieron que cerrarla para situar allí la Escuela nacional de música. Llegue a mi escuelita y en ese año tuve como maestra una joven muy bonita que era la esposa de un líder de ANDES 21 de Junio. La señora de Melgar era la esposa de Luis Melgar, quien años más tarde entrara en la clandestinidad como miembro de las F.
Se han de imaginar que un cipote de esa edad no se preocupa de cosas que van más lejos que de sus juegos y cosas típicas de la edad. Pero ya en tercer grado uno estudiaba la geografía e historia de El Salvador. Fue en aquel año que descubrí los acontecimientos del 32. Me recuerdo muy bien la cólera que mi tata hizo cuando le pregunte sobre eso. Dicho sea de paso en aquel entonces, él era miembro de la Guardia Nacional.
Mi mamá decía que yo era un gran “salido” pues a mi tata le hacía preguntas mero yucas como sobre el “origen del hombre” pues yo, ya en aquel entonces era Darwiniano y que los opositores a esa teoría ridiculizaban. Mi tata que además de jura era en aquel entonces miembro de una secta americana denominada: Rosacruz, se sintió ofendido que su hijo creyera en patrañas “comunistas” de que el hombre tiene un lazo de unión con el mono. No quiso entender que nosotros somos primates y me quería embobar con las teorías bíblicas judeocristianas.
Para él los hechos del 32 era otro tabú pues eran conversaciones solo de adultos y que nadie tenía que hablar. Si casi me da mis talegazos cuando le hable de los hechos de Izalco y de los héroes del movimiento del 32. Para en ese año me recuerdo que convencí a mi mamá de que me comprara mi primer libro que fue el Manual del Maestro Ciencias Sociales de Madre María Guillermina que trataba sobre El Salvador su historia y sus hombres. Leía y releía las gestas heroicas de los Izalcos, Mochizalcos y otros pueblos que se enfrentaron al invasor blanco.
Encontraba un gran placer al imaginar aquel cacique que atravesara con su flecha la pierna del desgraciado conquistador. Creo que la historia lo bautizo Atonal aunque no existan documentos que prueben que ese fuese su nombre verdadero. Lo mismo que sucede con el personaje mítico de Atlacatl que sale de la imaginación quijotesca de curas escribas de la época.
Pero esa pausa histórica es simplemente para ubicar al lector sobre el nivel de los conocimientos que se manejaban en aquel entonces. Mi estimada maestra que si mal no recuerdo llegue a tener en una gran estima y probablemente hasta sentir el primer amor de infancia pues estaba bien joven me llego a tener mucho aprecio. Su sonrisa y sus cabellos sueltos y su típica mini-falda contrastaban con el rigor que los otros maestros y maestras mostraban en esa escuela.
Mientras mis compañeros jugaban a las chibolas, mica, escondelero y otros menjurges, durante los recreos, yo disfrutaba de la conversación con mi maestra. Con ella pasábamos los recreos conversando sobre muchas cosas y de la forma que me trababa casi como adulto teníamos unas conversaciones interesantes sobre el acontecer nacional. Fue ella quien me hablo de Andes 21 de junio y del famoso “escalafón” que sería la causa de una huelga que se avecinaba.
No se puede negar que el hecho de tener una comunicación constante y cotidiana con la maestra me hizo blanco de críticas y burlas. Pero ya en aquel entonces yo era el “nerd” de la clase y perder mi tiempo en juegos sonsos no encontraba razón. Me recuerdo que durante el comienzo de ese año aprendí mucho sobre lo que sería la base de mi forma de pensar actual: Las injusticias no son creadas por Dios más bien son el resultante de la interrelación entre los hombres y la dominación de un grupo de la sociedad hacia otro.
Descubrí que El Salvador no tenía solamente un poeta de apellido Espino pero que también había otro todavía vivo que escribía sin rima y de una pluma cortante cuyo apellido era Dalton.
De repente exploto la huelga y las escuelas cerraron. Los maestros se tomaron el parqueo del Ministerio de Educación y desde las gradas de la biblioteca nacional se hicieron los discursos. A un costado del ministerio se armaron las cocinas y en otro lado el taller de confección de pancartas. En aquel entonces mi mamá se iba temprano al mercado a vender y yo con mi hermano mayor caminábamos unas cuadras y nos íbamos a pasar las mañanas escuchando los discursos y música que aquel teatro improvisado tenía lugar en aquel entonces.
Una señora morena, de estatura media y de lentes era la que se llevaba los más nutridos aplausos, todos la llamaban: “la doctora” y se trataba nada menos que de la histórica y carismática líder Melida Anaya Montes.
Era increíble el ambiente que se respiraba en aquel entonces, las maestras que uno se las forja en la mente solamente frente a la pizarra estaban allí haciendo los frijoles, tortillas y salcochando plátanos. Casi a diario habían manifestaciones de apoyo a la huelga, una de las más típicas era los famosos desfiles ufo, si mal no recuerdo así se llamaban y eran los jóvenes de la Universidad nacional que salía a las calles haciendo teatro de burla al acontecer nacional.
Era toda una belleza ver a muchachos vestidos de mujeres imitando a Marina Uriarte de Sánchez Hernández, primera dama de la República y esposa de Tapón. La otra que salía era la Antonia Portillo de Galindo, subsecretaria de Educación. Era un fiestón en las calles de San Salvador. El pueblo respondía apoyando a los maestros y a diaria estaban allí señoras de los mercados, campesinos, obreros, estudiantes llevando su apoyo a los maestros.
Cierto día a pesar de las necesidades que pasábamos en casa lleve mi bolsa de 5 libras de azúcar y de frijoles como apoyo a los maestros. Creo que fue en esa ocasión que tome el micrófono por primera vez. Mi profesión de bocón comenzaba a penas.
Tendré que consultar con mis libros esta noche para poder ubicar en el tiempo este evento histórico que paso en El Salvador. Pero si puedo situar el evento cuando yo estaba en tercer grado. Lo increíble de todo esto es que nos encontrábamos a la víspera de un momento que todos queremos olvidar y que muchos en El Salvador ni se recuerdan: La guerra civil.
No era necesidad de ser ducho en las ideologías de la época para tomar un partido simplemente era necesario abrir los ojos y ver que la situación era jodida. La miseria era generalizada, los precios del café permitían a una clase social reducida pagarse lujos que eran vergonzosos. Ya en aquel entonces llegaron los primeros Mercedez benz a El Salvador. Creo que el salario de los maestros llegaba a penas a los 170 colones. Una sirvienta ganaba entre 20 a 30 colones al mes. Una vecina que tenia la suerte de trabajar en la “escalón” lavando y planchando en la casa de la hermana de la famosa Marina de Sánchez Hernández, tenía un buen salario de 40 colones al mes.
Al terminar la huelga de Andes marco un regreso amargo de los maestros a las escuelas. La famosa Dra. Anaya Montez desapareció del ámbito nacional y nadie sabía nada de ella. Mario López la reemplazo en la dirección de la organización. Al regreso de clases fue en aquel entonces que escuche hablar de la posibilidad de un conflicto armado. Se discutía en voz baja de una forma de “revolución”. Cosa cierta yo decía que era imposible pues El Salvador no tenia selvas donde esconder un ejército. La posibilidad de levantamiento armado o revuelta popular me parecía no podía funcionar pues el temor y el miedo a los cuerpos de seguridad era palpable. En secreto hablaba con algún amigo y le decía que cambios no los veríamos vivos pues solamente nuestros nietos podrían participar en la tormenta que ya se avecinaba.
Cual errado estaba en mis vaticinios pues muchas cosas pasaban y estábamos a punto de ver el país deslizarse en una cuesta sin reten. Un evento que muchos olvidaron ya fue el secuestro y asesinato de un prominente acaudalado en los setenta. Se hablo de una famosa banda de los 13. Se hablaba de piochas y picos las cuales los secuestradores habían utilizado para ocultar el cuerpo.
Era apenas el comienzo de lo que serian 13 años de sufrimientos para un pueblo y 70 mil muertos y un sinfín de desaparecidos. Un millón de desplazados y refugiados aunados a 18 religiosos asesinados incluyendo al obispo del País.
El deber de recordar momentos que marcaron la historia desde la conquista hasta el comienzo del conflicto armado es un ejercicio necesario para entender la situación actual. Lastimosamente las nuevas generaciones no ven más allá de los centros comerciales y el resplandor que enceguecen los dólares que llegan sin ser ganados y despilfarrados en las nuevas catedrales del consumismo elevado a categoría de religión.
Hasta la próxima.
La brujería en El Salvador.
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