La Semana Santa de mi infancia…
Recuerdo que aquellos años las escuelas abrían los sábados e íbamos a ella como párvulos de lunes a sábado. Pero a la víspera de la Semana Mayor como así se le denomina en El Salvador a la Semana Santa terminábamos los viernes y no regresábamos hasta el martes de gloria.
Como era costumbre mi mamá nos mandaba donde los abuelos que vivían muy lejos para aquel entonces: en el cantón El Rosario, calle a Tonacatepeque. El ranchito de mis abuelos estaba los terrenos que mi bisabuela dejara como herencia a todos los Quijano de ese clan. Dicho sea de paso mi bisabuela dirigió el clan Quijano con mano de hierro hasta el fin de sus días, ella murió a la edad de 111 años siendo su entierro algo así como los Funerales mamá Grande. El rancho de mis abuelos estabas anclado lejos de la civilización pues a pesar de estar tan cerca de los centros urbanos no había agua potable ni luz eléctrica, los cantaros y porrones de barro mantenían el agua fresca mientras el “candil” ofrecía la escasa luz que se necesitaba en las noches.
Pero la falta de algunas cosas permitía apreciar otras: ir a traer leña seca a los cafetales cercanos, vigiar los mangos en los palos en espera de ver el primero que comenzaba a enrojecer señal evidente que el manjar estaba listo. Y que más que ir a bañarse a los riachuelos cercanos cuyas vertientes brindaban agua fresca y pura a los habitantes de la zona.
La llegada de la Semana Santa representaba una oportunidad de encontrarme con todos los primos y jugar al aire libre y correr sin límites cosas que en el mesón donde vivíamos no se podía hacer. Eran excursiones cotidianas con los primos mayores a las pozas y ríos cercanos. Verlos con envidia como manejaban “el corbo” o sea el machete nuestro, mientras para evitar accidentes me ofrecían una pinché cuma en nuestras salidas cotidianas. Pero no todo era color de rosa, el precio a pagar de pasar una semana en libertad era el arte culinario que la ocasión impone. Desde días antes de la Semana Santa mi abuela se daba a la tarea de buscar o “encargar” los horribles pescados secos que me imagino solo en El Salvador se comen así. En el mercado central, el viejo, había una sección que quedaba casi frente al cementerio en esa parte se encontraban las señoras que llevaban los manjares a la venta. Tirados en el suelo, apilados unos sobre otros unos inmensos pescados secos de forma horrorosa llenos de sal continuaban al sol mientras una marabunta de moscas se peleaban por ver sobre cual poner sus huevos.
Con ojos de experta mi abuela tomaba uno a otro y escogía los que servirían para alimentar toda la familia durante toda la semana. Mi abuelo ya tenía para ese entonces los ayotes que servirían para el postre de toda la semana, el famoso ayote en miel.
Eran unos inmensos sartenes de barro que solo se utilizaban para los rezos y ocasiones especiales que se preparaban, eran 3 uno para el famoso “con que” el horroroso pescado, el segundo llevaría el ayote en miel y el tercero lo que debería reemplazar las tortillas por una semana: los tamales pisques.
Llegado el viernes santo, ese día me recuerdo que el ruido de un motor no se escuchaba, pues era pecado manejar y hay de aquel motorista que se aventurase a ofrecer el servicio de transporte público. Mi abuela desde las 5 de la mañana nos tenía ya preparándonos para las procesiones. Bueno no podíamos bañarnos pues era pecado, pero el jueves en la tarde teníamos que hacerlo y hay de nosotros si nos ensuciábamos. Ya como a eso de las 8 de la mañana emprendíamos el camino hacia Soyapango para ir tomar un buen puesto para ver las procesiones. A pie en esa calle empolvada eran todas las familias del cantón que salían unas para Tonacatepeque otras para Soyapango.
Como a eso de las diez de la mañana ya estábamos apostados cerca de la iglesia San Antonio en donde salen tradicionalmente las procesiones. Primero lo llevan al cristo cargado de pie ante Pilatos y el rey Herodes. Va seguido por un grupo de imágenes de mujeres que todas vestidas de morado, a quienes llamaban la dolorosa y sepa judas que otros nombres le daban las señoras beatas, mi abuela incluida quien era capaz de reconocer por los rasgos físicos de las imágenes quien era la Santa Ana, La María Magdalena y quien era Maria: para mi era un grupo de imágenes de maishtras lloronas con corazones atravesados con puñales, ¿Se trataría de la primera encarnación de las Lolas puñales? El asunto era acercarse a cada uno de las imágenes y comenzar a rezar en plena calle después de persignarse por supuesto. Para ese entonces el sol estaba es su cenit y la temperatura alcanzaba casi los 45 grados al sol.
Había una pausa y luego como a eso de las dos de la tarde comienza el Gólgota y nosotros más morados del sol con una insolación provocada por el permanecer incólume ante los ataques del astro rey. Era nuestro Gólgota y si osábamos quejarnos era sonoras pezcosadas en la cabeza que la abuela nos soltaba: “por mazones”. Ratitos de pie, ratitos acurrucados, viendo la primera estación, la segunda estación y no se cuantas más faltaban y ver las señoras casi a punto de llorar al ver toda la representación. Como a las tres de la tarde el cipote que era yo quería ser crucificado pues ya eso no era vida…Y al final se escuchaba: “Padre.. por que me has abandonado” a lo cual yo agregaba “Y a mí también”.
Ahora sí podíamos ir en paz.. y hay íbamos de regreso mas muertos que vivos, sudorosos, sintiendo la brisa del atardecer acariciarnos y con ganas de llegar al rancho para descansar, mientras las devotas comentaban, lo mismo que el año pasado, “Que lindo estuvo el Señor” todas las señoras que caminaban con sus vástagos de regreso a sus ranchos hacían los mismos comentarios sobre el malvado Pilatos o sobre el desgraciado Judas, etc. Y nosotros con los pies hinchados con el estomago vació íbamos por esa calle polvorienta llena de árboles a ambos lados como un interminable vía crucis en donde al final el desgraciado pescado envuelto en huevo nos esperaba con los insípidos tamales pisques calentados sobre el comal.
Y así llegábamos de regreso al rancho en donde me prometía nunca más volver pero al año siguiente allí estaba contento al comienzo de las vacaciones y dispuesto a tirarme de nuevo las famosas procesiones que ahora añoro.
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