Mis artículos

Antes que caigan en el olvido mis escritos

Volver a morir…

Por MRQ.

Esa mañana fresca del mes mayo haría todo cambiar. El calendario marcaba 9 de mayo de 1982, en uno de los barrios populares de Soyapango, ciudad que obstinadamente trata de mantenerse fuera de la gran ciudad de San Salvador aunque en realidad hace mucho tiempo la urbe se trago a la primera y genio de urbanismo seria aquel que determine con exactitud en donde comienza y termina cada una.

Violaciones de derechos humanos. Foto de JucaMartin.comEran los años negros donde la locura se había apoderado de la sociedad misma, en los años en que ser perro o gato era más seguro que ser obrero o estudiante. La vida no valía nada en esos años. Hacia un año apenas del asesinato de Monseñor Romero y el ruido tumultuoso de los grupos de masas no eran más que recuerdo en las memorias de aquellos que marchaban a diario por esas calles. Creo que todo termino aquel 22 de enero de 1980, un año antes de la primera gran ofensiva que la guerrilla lanzara. Ese 22 de enero San Salvador se pinto de rojo y de todas partes salimos cual hormigas rojas en una marabunta que pedía cambios y que anunciaba la tormenta.
Ya para ese entonces nadie se acordaba que había sido el “Bloque”, la Coordinadora Revolucionaria de Masas y no se cuantas organizaciones hermanas, dicho sea de paso en aquel entonces no los podíamos ver ni en pintura, nosotros “los puros, los únicos, los salvos de la palabra marxista los “Felipes”” (FPL) considerábamos a los demás como pseudos revolucionarios y no recuerdo que otros epítetos les dábamos.

Los sábados en la colonia era común recibir la visita de los uniformados, llamados vigilantes pidiendo colaboración para mantener la seguridad en la zona. No eran militares, pero iban armados con las mismas armas, no eran soldados, pero llevaban los mismos uniformes. Hay de aquel o aquella que no pagaba el impuesto a los señores vigilantes de la patrulla, cuya sede estaba en la calle principal de Soyapango.

Parecía que el único requisito que se necesitaba para ser parte de ese grupo para-militar era tener el aspecto torvo o como decimos en buen salvadoreño: “Parecer maleante”. Todos chaparros, bien comidos hasta hinchados por el evidente consumo de alcohol y otras drogas, su sola presencia inspiraba un terror en los pasajes de las colonias. Ante ellos nuestras actuales “maras” parecen niños de escuela. Y si seguimos con los parecidos nuestros vigilantes nos visitaban, cuales testigo de Jehová, los sábados por la tarde y en lugar de lucir los tatuajes que bien distinguen nuestros jóvenes de los grupos tan temidos de hoy, estos, los vigilantes, llevaban uniforme militar.

Los niños jugaban a la pelota en los pasajes mientras nuestros visitantes sabatinos recogían su botín, eran en grupos de 10 por lo menos que se detenían en la entrada de cada casa. Mientras se acercaban para pedir el impuesto de guerra, escudriñaban el interior de cada vivienda, probablemente no con el afán de detectar pistas subversivas, más bien ver que cosas venir a robar en los próximos cateos.

Ya desde allá por el 79, año de nuestra graduación el depuesto presidente de la Republica había dejado la Ley del Orden Público que luego fue anulada y simplemente reemplaza por un decreto que si no me equivoco llevaba el número 115. Poco importa la designación simplemente legalizaba les detenciones sin acusaciones por las simples sospechas de pertenecer a alguna asociación, además de eso, toda asociación estaba fuera de ley.

Todos los medios utilizados eran aceptados con tal de evitar que nuestro querido país cayera en las redes de Moscú, como acababa de ocurrir en Nicaragua, que desde el 19 de Julio de 1979 había comenzado un proceso que era muy diferente a lo que los países de la región seguían. Pero hasta en Soyapango, durante el comienzo de los 80 la ciudad de Managua estaba mucho más lejos que Nueva York o que otra urbe del globo. Nicaragua dejo de existir en los medios de comunicación desde el momento en el FSLN tomo el poder por las armas. Pobre de aquel que fuese descubierto en las colonias escuchando Radio Sandino…

Así era la vida en San Salvador en ese 1982 que hacia viva de nuevo la Masacre del 32. Durante el día, el ajetreo de la ciudad no permitía ver señales de guerra, la ciudad era una casamata completa repleta de militares que deambulaban en sus camiones y tanquetas con sus armas, listos para tirar. La guerra se había desplazado hacia el interior, el movimiento urbano había sido desquebrajado, numerosas eran las células de la organización que caían: Santa Tecla, los alrededores de los juzgados. El trabajo conspirativo era una arte muy difícil de practicar en esos entonces. Al atardecer San Salvador se llenaba de angustia, la gente comenzaba a caminar más rápido, los medios de transportes repletos trataban de llevar del centro al exterior lo más rápidamente posible a todos los empleados.

Estudiar de noche quedaba ya como un recuerdo de un tiempo que ya era parte del pasado. A las 7 de la noche, los últimos estudiantes corrían a la salida de la UCA o de otro centro de estudios para alcanzar a llegar a sus lugares antes de la hora fatídica. San Salvador moría cada noche antes de las 8 de la noche y en Soyapango el bullicio de los “cipotes” jugando en las tardes se transformaba en silencio sepulcral en donde no se escuchaba el ruido de ningún motor. De repente la electricidad fallaba y todo quedaba en penumbras como dando la bienvenida a la muerte. El silencio era tan fuerte que atravesarse en el mismo pasaje de una casa a otra era toda una proeza.

Los escuadrones. Fotode Jucamartins.comDe repente se escuchaba el ruido de los camiones militares que envalentonados por todo ese equipo militar que los hacia parecer “Rambos tropicales” con las caras manchadas de negro para inspirar aun más terror se paseaban en esas calles de Soyapango y de repente dejaban ir una ráfaga: ¡No era nada, era Nerón, el perro de Don Migue, el vecino de la esquina que esta noche se fue a vagar y el pobre perro no sabia que era prohibido deambular por las calles a esa hora. En la mañana aparecería el pobre Nerón en la cuneta acompañando a varios cuerpos de jóvenes que fueron sacados de sus casas durante la oscuridad y en la mañana eran otra muestra más de la locura que se vivía en El Salvador.

Ya en 1982 la esperanza había muerto para miles que resignadamente practicaban la política del avestruz, nadie quería escuchar ni nadie quería ver nada. Todos veían como a diario más vecinos se llenaban de luto, lo único que entre cuchicheos se escuchaba era: “en algo andaba metida la cipota” “El muchacho se veía serio pero en algo ha de ver andado”. Cada quien asimilaba la historia oficial como propia y nadie podía creer lo que en verdad estaba pasando en ese marasmo de locura que era el “país de la sonrisa”.

El temor era constante y como quien presiente que la tormenta que se avecina, las noches me parecían más tenebrosas, el temor de ser descubierto acrecentaba cada día más. El miedo a enfrentar lo conocido era más y más fuerte. En los fines de semana el embriagarme parecía la única salida ante esa fuerza del sino que yo mismo me estaba construyendo. El miedo por un lado y esa fuerza que te dice “tienes que hacerlo” por otro lado. Nadie tenia que saber en que enredos mi vida estaba a punto de llevarme a un torbellino en el cual no sabia si saldría con vida.

El alcohol y las borracheras de vez en cuando permitían soportar la espera de lo anunciado. Ya los amigos de bachillerato habían desaparecido solo me quedaba mi única alera mi “comadre” y más que eso mi hermana, la chele aquella que fue mi compañera que en primer año no nos podíamos ver ni en pintura. Durante el primer año de estudios yo fui para ella nada más que “El seco maricón del 1-3″ y ella para mi algo así con algún epíteto difamatorio. Para que negarlo la antipatía que nos sentíamos era de una magnitud indescriptible. Quien diría que ella era la única que quedaba de todo aquel grupo disperso por la vida.

Ya para ese entonces había iniciado mis estudios universitarios en algo que jamás entendí él porque de mi decisión de hacer eso. Mi sueño siempre había sido entrar en la Nacional para estudiar periodismo. Ya para ese entonces mi habilidad con la palabra escrita se había manifestado en el propio INFRAMEN en donde sin que nadie se diese cuenta ya desde el 78 mi pluma alimentaba ciertos manifiestos del MERS que aparecían por doquier anunciando que a pesar de todo, la institución estaba bien infiltrada.

Tal vez el hecho de poder escribir utilizando la tercera persona del singular me permitió rápidamente ser identificado como el “compa” de la maquina de escribir revoltosa. Mi timidez de aquel entonces encontraba en esa forma panfletaria un deshogo que otros buscan en la poesía o en la música. Viendo la Nacional militarizada no me quedaba otra alternativa que buscar otro centro de estudios, la UCA era demasiado tarde y el solo hecho de pensar que iría a la misma que mi hermano mayor me erizaba el pellejo.

De esa forma fui a parar a uno de esos colegios universitarios que aparecieron de un día para otro. En las cercanías de El Salvador del Mundo se encontraba mi alma mater de pacotilla. Pero el hecho de ser tan pequeño hizo que las amistades se hiciesen rápido tan grandes. Y allí me tienen en 1982 estudiando Psicología, ¡Qué disparate!

Ese mes de mayo había comenzado con aburrimiento pues el hecho de estar entre ciclo de estudios me ponía de muy mal humor. El ambiente y el bullicio de los estudios era la droga cotidiana que necesitaba para sentirme en vida en un país que agonizaba cada día más y más. Mi trabajo me permitía seguir estudios a tiempo completo y de esa forma trabajaba solo por las mañanas. ¡Qué bonito! Dirían muchos, pero al darse cuenta en que lugar laboraba, muchos no deseaban estar en mi lugar en aquel entonces.

Por esas burlas de la vida, habíamos sido formados y capacitados por maestros en el arte del servicio hostelero para trabajar en los grandes hoteles y restaurantes y tan cruel la vida que en lugar de eso había ido a parar al más grande campo de concentración para prisioneros políticos que el país poseía en ese momento, como nombre burlesco denominado: La Esperanza, conocido como Mariona.

Qué burla llegar a ser jefe de cocina de un lugar en donde la alimentación no era la prioridad y en donde los fondos que supuestamente servían para la alimentación de los reos servia primeramente y exclusivamente para “alivianar” a su director. Los fondos de comida para los reos subvencionaban las grandes fiestas que el director del centro organizaba en su casa situada allá en la Colonia Centro América. El susodicho piraña se servia de los fondos como si fuesen su fondo personal, mientras tanto los presos políticos y los comunes seguían con su ración cotidiana de arroz, frijoles y café.

El tener un jefe de cocina graduado en hostelería y turismo parecía sacado directamente de un libro de Kafka y más parecía que se trataba de esta persona transformada en cucaracha. Para más agregar a la burla no era un bachiller en turismo en ese entonces habíamos dos o tres. Uno que se encargaba de cocinar la comida al director y sus huéspedes: un par de reos comunes que en cierto momento llegaron a ser los amos y señores de todo el centro penal, uno un militar que se había dedicado a secuestrar a ricos y potentados del país el segundo un traficante de armas. Era una mafia de ratas que comía cual parásitos del dinero que el Estado enviaba para mantener a los presos del país. Pero que alegría sentí cuando los “compas” me anunciaron que de la casa de ese rata solo quedaban cenizas… y tuvo tanto miedo que de la noche a la mañana desapareció y dejo el penal en manos de otros reos…

Pero ¿Cómo fue que todo comenzó?

foto de niña y niño tomada de Jucamartin.comCreo que tenía solo apenas 8 años cuando lo conocí y lo escuche hablar la primera vez en mi vida, fue durante aquella famosa huelga de panificadoras que dejo sin pan dulce el país. El hombre detrás del sindicato de panificadoras era nada menos que Comandante Marcial o el compañero Cayetano Carpio, nosotros vivíamos en ese entonces en un mesón frente a unos terrenos abandonados que más tarde llegaría ser el Diario de Hoy.

Fue casualidad que una de nuestras vecinas de tugurio, trabajaba para la panadería Palmeras situada allá por la avenida Independencia y ella había entrado en huelga apoyando su sindicato. Me recuerdo que esa mujer trabajaba de lunes a sábado de 7 a 7 en una forma de esclavitud moderna. De vez en cuando mi mamá le recomendó a alguna familiar para que viniese del campo aprender oficio y como era de costumbre era menester pasar hasta 6 meses sin salario solo por la comida trabajando en espera de ser aceptada como obrera. Bajo esas condiciones que eran típicas de los 60, el compañero Cayetano Carpio no tuvo problema ha trabajar en la formación de ese sindicato.

El local estaba situado en la calle que hoy lleva el nombre de Juan Pablo II y que pasa directamente sobre el parque Centenario, exactamente a pocos pasos del antiguo local que ocupó un día el INFRAMEN, allá cerca de la Alcaldía de San Salvador. Durante esa huelga, nuestra vecina le pedía a mi mamá que nos diera permiso para ir con ella al local del sindicato y me recuerdo como si fuese ayer, el ambiente de fiesta que existía allí, las comidas populares que se armaban, los sartenes llenos de plátanos salcochados y todo compartido dentro de un ambiente de pura camaradería. Se armaban grupos para hacer pancartas, otros para hacer la comida, nosotros los cipotes corríamos sin preocupación dentro del local jugando a la mica o al ladrón librado. De repente los actos comenzaban y me recuerdo escuchar al hombre explicar en un lenguaje que hasta un cipote tonto como yo lograba descifrar lo que era la lucha de clases.

Luego de eso vino la primera gran huelga de Andes 21 de junio, en la cual los maestros se tomaron por muchas semanas el Ministerio de Educación y en los graderías de la biblioteca nacional se armaban los actos políticos culturales: música, teatro, poesía, y los discursos de una señora que todos respetaban, era la dirigente de aquel entonces: Melida Anaya Montes. De lo que se peleaba me era imposible entender pero lo que había escuchado en la huelga de panificadoras me había permitido cuestionar los fundamentos mismos de mi miserable existencia, no se trataba de que habíamos venido al mundo a sufrir para ganar el cielo y que nuestro “destino” era simplemente el de aguantar sin levantar la cabeza. El compañero Cayetano sembró en mi lo que seria después el pensamiento critico.

Ya en ese entonces a mis 22 años era una revuelta silenciosa sin decir palabra alguna como la lepra de provenir de los tugurios que se lleva adentro y no poderla expresar e inventarse una falsa casta para negarse así mismo sus propios orígenes. Todos nos transformamos en clases medias y hasta nos creemos clases medias altas y nos inventamos pasadizos que nos permitan alcanzar el nirvana social que anhelamos.

En cambio yo nunca pude y nunca podré sacarme el mesón del corazón pues allí en esa miseria aprendí los valores fundamentales de la vida, los que me hacen hoy en día caminar con un paso firme y mirar firmemente sin bajar la vista a cualquiera poco importa su tamaño o posición en la vida. Para algunos decir que soy arrogante.

En el 82 en medio de cadáveres, desaparecidos y capturados; mi turno esperaba inmutable. Ya habían habido no se cuantas elecciones desde que tenia derecho a voto pero jamás participe en esa burla de comicios que solo permitían cambiar de rateros cada dos años. Era una cólera que solo aquellos que la vivieron pueden comprender, era un sentimiento de frustración ante ese uniforme y ante esos “rambos tropicales” cual muñecos de cuerdas movidos por el imperio mataban a sus propios hermanos y hermanas sin el menor remordimiento. De muy temprana edad había abierto la caja de Pandora que permite comprender la razón del porque de la situación y ahora tenia que vivir con ese infierno como atado a la roca esperando que las aves destrozasen mi cuerpo y alma en cada mutilado que aparecía en las calles de Soyapango.

Era más fácil para aquellos que avestruces sociales vivían tragándose la versión oficial matutina:
El país vivía un ataque de bandas terroristas armadas por los países comunistas que trataban de instaurar un régimen oprobioso de comunismo a la cubana en nuestro suelo patrio.

Y escuchaba mis tíos y tías decir sandeces en las tardes diciendo que “Primero Dios Ronald Reagan enviase una bomba atómica sobre todos esos que se esconden en Guazapa, en Chalate, en Morazan” Era tan evidente que los avestruces sociales vivían un sueño que transmitieron a sus generaciones que hoy siguen creyendo que “no hubo guerra” que toda la locura que sufrimos fue simplemente un invento para desprestigiar la “democracia”. O simplemente como un mi primo me dijo cuando me enseñaba la Colonia a Guadalupe allá por 1999, después de 16 años de exilio: “mira primo reconoces la colonia” y yo respondí: “¡Si esta casa es nueva pues fue destruida y bombardeada en 1989 cuando la aviación ataco esta colonia, mira aquella también es nueva!” Y con un tono muy serio y bastante molesto, al volante de su Cherokee polarizada me deja ir: “!eso es completamente falso, las casas que son nuevas es por que la gente las ha querido agrandar y además primo no creas todo lo que la televisión internacional presentó para la guerra, fueron inventos de esos periodistas que exageraron todo, no hubo nada de eso aquí, mira que calle mas linda tenemos hoy para llegar a Los Santos!” No pude más que sentir lastima por tan enorme miopía histórica pues no son falsas las imágenes que guardo en casa que muestran las colonias de Soyapango en llamas, la gente llorando y corriendo y la Televisión de Francia Internacional anunciando que en El Salvador se estaba viviendo una verdadera carnicería y las imágenes mostrando los aviones que disparaban como enloquecidos o tal vez aterrorizados que el día de dar cuentas de sus actos estaba por llegar.

Solo me recordé el regreso del tren bananero de aquel Buendía que después de haber hecho el viaje en el tren lleno de muertos hacia el Caribe, después de haber visto la masacre de la bananera regresa a su pueblo y nadie recuerda lo sucedido, todo fue falso, todo fue mentira, todo fue un invento, eso nunca paso en El Salvador ni mucho menos en Soyapango.

Pero estoy todavía vivo y diré y gritare a todos hasta el último momento de mi vida que todo eso fue cierto y fue peor que lo que uno se imagina pues en 1982 un día 9 de mayo a las 6 de la mañana los escuadrones de la muerte me llegaron a traer… Y es así como morí ese día.
…Desde el día que en su alta bandera
Con su sangre escribió: !Libertad!…

Noviembre 21, 2006 Publicado por mriveraq | Mis recuerdos | , , , | Aún no hay comentarios

La Semana Santa de mi infancia…

Recuerdo que aquellos años las escuelas abrían los sábados e íbamos a ella como párvulos de lunes a sábado. Pero a la víspera de la Semana Mayor como así se le denomina en El Salvador a la Semana Santa terminábamos los viernes y no regresábamos hasta el martes de gloria.

Como era costumbre mi mamá nos mandaba donde los abuelos que vivían muy lejos para aquel entonces: en el cantón El Rosario, calle a Tonacatepeque. El ranchito de mis abuelos estaba los terrenos que mi bisabuela dejara como herencia a todos los Quijano de ese clan. Dicho sea de paso mi bisabuela dirigió el clan Quijano con mano de hierro hasta el fin de sus días, ella murió a la edad de 111 años siendo su entierro algo así como los Funerales mamá Grande. El rancho de mis abuelos estabas anclado lejos de la civilización pues a pesar de estar tan cerca de los centros urbanos no había agua potable ni luz eléctrica, los cantaros y porrones de barro mantenían el agua fresca mientras el “candil” ofrecía la escasa luz que se necesitaba en las noches.

Pero la falta de algunas cosas permitía apreciar otras: ir a traer leña seca a los cafetales cercanos, vigiar los mangos en los palos en espera de ver el primero que comenzaba a enrojecer señal evidente que el manjar estaba listo. Y que más que ir a bañarse a los riachuelos cercanos cuyas vertientes brindaban agua fresca y pura a los habitantes de la zona.

La llegada de la Semana Santa representaba una oportunidad de encontrarme con todos los primos y jugar al aire libre y correr sin límites cosas que en el mesón donde vivíamos no se podía hacer. Eran excursiones cotidianas con los primos mayores a las pozas y ríos cercanos. Verlos con envidia como manejaban “el corbo” o sea el machete nuestro, mientras para evitar accidentes me ofrecían una pinché cuma en nuestras salidas cotidianas. Pero no todo era color de rosa, el precio a pagar de pasar una semana en libertad era el arte culinario que la ocasión impone. Desde días antes de la Semana Santa mi abuela se daba a la tarea de buscar o “encargar” los horribles pescados secos que me imagino solo en El Salvador se comen así. En el mercado central, el viejo, había una sección que quedaba casi frente al cementerio en esa parte se encontraban las señoras que llevaban los manjares a la venta. Tirados en el suelo, apilados unos sobre otros unos inmensos pescados secos de forma horrorosa llenos de sal continuaban al sol mientras una marabunta de moscas se peleaban por ver sobre cual poner sus huevos.

Con ojos de experta mi abuela tomaba uno a otro y escogía los que servirían para alimentar toda la familia durante toda la semana. Mi abuelo ya tenía para ese entonces los ayotes que servirían para el postre de toda la semana, el famoso ayote en miel.

Eran unos inmensos sartenes de barro que solo se utilizaban para los rezos y ocasiones especiales que se preparaban, eran 3 uno para el famoso “con que” el horroroso pescado, el segundo llevaría el ayote en miel y el tercero lo que debería reemplazar las tortillas por una semana: los tamales pisques.

Llegado el viernes santo, ese día me recuerdo que el ruido de un motor no se escuchaba, pues era pecado manejar y hay de aquel motorista que se aventurase a ofrecer el servicio de transporte público. Mi abuela desde las 5 de la mañana nos tenía ya preparándonos para las procesiones. Bueno no podíamos bañarnos pues era pecado, pero el jueves en la tarde teníamos que hacerlo y hay de nosotros si nos ensuciábamos. Ya como a eso de las 8 de la mañana emprendíamos el camino hacia Soyapango para ir tomar un buen puesto para ver las procesiones. A pie en esa calle empolvada eran todas las familias del cantón que salían unas para Tonacatepeque otras para Soyapango.

Como a eso de las diez de la mañana ya estábamos apostados cerca de la iglesia San Antonio en donde salen tradicionalmente las procesiones. Primero lo llevan al cristo cargado de pie ante Pilatos y el rey Herodes. Va seguido por un grupo de imágenes de mujeres que todas vestidas de morado, a quienes llamaban la dolorosa y sepa judas que otros nombres le daban las señoras beatas, mi abuela incluida quien era capaz de reconocer por los rasgos físicos de las imágenes quien era la Santa Ana, La María Magdalena y quien era Maria: para mi era un grupo de imágenes de maishtras lloronas con corazones atravesados con puñales, ¿Se trataría de la primera encarnación de las Lolas puñales? El asunto era acercarse a cada uno de las imágenes y comenzar a rezar en plena calle después de persignarse por supuesto. Para ese entonces el sol estaba es su cenit y la temperatura alcanzaba casi los 45 grados al sol.

Había una pausa y luego como a eso de las dos de la tarde comienza el Gólgota y nosotros más morados del sol con una insolación provocada por el permanecer incólume ante los ataques del astro rey. Era nuestro Gólgota y si osábamos quejarnos era sonoras pezcosadas en la cabeza que la abuela nos soltaba: “por mazones”. Ratitos de pie, ratitos acurrucados, viendo la primera estación, la segunda estación y no se cuantas más faltaban y ver las señoras casi a punto de llorar al ver toda la representación. Como a las tres de la tarde el cipote que era yo quería ser crucificado pues ya eso no era vida…Y al final se escuchaba: “Padre.. por que me has abandonado” a lo cual yo agregaba “Y a mí también”.

Ahora sí podíamos ir en paz.. y hay íbamos de regreso mas muertos que vivos, sudorosos, sintiendo la brisa del atardecer acariciarnos y con ganas de llegar al rancho para descansar, mientras las devotas comentaban, lo mismo que el año pasado, “Que lindo estuvo el Señor” todas las señoras que caminaban con sus vástagos de regreso a sus ranchos hacían los mismos comentarios sobre el malvado Pilatos o sobre el desgraciado Judas, etc. Y nosotros con los pies hinchados con el estomago vació íbamos por esa calle polvorienta llena de árboles a ambos lados como un interminable vía crucis en donde al final el desgraciado pescado envuelto en huevo nos esperaba con los insípidos tamales pisques calentados sobre el comal.

Y así llegábamos de regreso al rancho en donde me prometía nunca más volver pero al año siguiente allí estaba contento al comienzo de las vacaciones y dispuesto a tirarme de nuevo las famosas procesiones que ahora añoro.

Noviembre 15, 2006 Publicado por mriveraq | Mis recuerdos | | Aún no hay comentarios